04.09.2007
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A Follar que se acaba el Mundo

CulosHace seis meses que me pasó y aún sigo haciéndome agarrándome el coño y haciéndome pajas cada vez que lo recuerdo. Estábamos invitados a una fiesta, que daban unos amigos de la facultad. Era en la casa de Roberto y Ramón. Los dos eran de fuera y compartían un piso enorme, en una urbanización, muy lejos del centro.

La noche del sarao, le toco guardia en el Hospital a mi marido, que está haciendo prácticas, y tuve que ir sola.

Cuando llegué, la fiesta estaba en su apogeo y, como de costumbre, me puse a bailar con todos, en medio de gran algarabía. Lo pasé muy bien y cuando quise darme cuenta, era tardísimo y sólo quedábamos allí los anfitriones y yo. Nos sentamos en la sala a beber una última copa, la de la despedida.

Fue entonces, cuando Roberto, que es muy serio y siempre ha ejercido como una especie de hermano mayor de la pandilla, me hizo notar que había pimplado bastante y que quizá no fuera prudente coger el coche y conducir de vuelta a Madrid.

–Los fines de semana, Guardia Civil monta controles de alcoholemia y corres el riesgo de que te multen y te quiten la mitad de los puntos.

–No creo –respondí muy chula.

- Mejor te quedas. Puedes dormir en mi cuarto y yo me acuesto aquí en el salón o en la cama de sobra que hay en el dormitorio de Ramón.

–No se…

–Venga, quédate – intervino Ramón, que siempre sonreí y tiene fama de ligón.

La idea no era mala: no tenía sentido darme prisa en volver a casa, porque mi marido trabajaba hasta el mediodía del día siguiente.

Aguanto bien las copas, pero no me hacía mucha gracia conducir a esas horas. Además, que Roberto y Ramón eran amigos de toda confianza.

- De acuerdo, chicos, me quedo.

- Bravo, así se habla – asintió Ramón, sirviéndome una copa más.

–La última –advertí.

Ya había pimplado bastante. Además del cansancio, lógico después de tanto baile, estaba un poco mareada. Apuré el gin-tonic les pedí que me mostrasen la habitación.

- Claro -dijo Roberto.

Se levantó, me precedió por el pasillo y al llegar frente al dormitorio, me echó un brazo por encima del hombro y me invitó a pasar. Muy ceremonioso.

Entré y me tumbé en la cama, así vestida como estaba.

- ¡Uff, qué cansancio!….Creo que me dormiré enseguida…- suspiré….

- Me imagino que sí -dijo Ramón, sentándose al borde.

- Bueno -te quitaremos los zapatos, por lo menos -escuché a Roberto.

- Sí, por favor – dije, mientras me sentía presa del sueño. Los ojos se me cerraban.

Sentí, como entre sueños, que me acariciaban los pies.

- ¡Hmmmm!… ¡Qué bueno! -exclamé.

-¿Te gusta? -escuché la voz de Ramón… ¿quieres un poco más?……

- Sí, gracias…

De los pies, pasó a las pantorrillas. Me volteé, acostándome boca abajo.

- Ahora, un poco la espalda y el servicio será perfecto -dije riéndome.

- Con todo gusto, cariño.

Cerré los ojos, casi adormilada, mientras las manos se deslizaban sobre mi espalda, tocaban mi nuca, hacían círculos y llegaban hasta mi cintura para posarse luego, después de una eternidad, sobre mis nalgas, acariciándomelas con dulzura.

Entreabrí los ojos y vi que estaban los dos en el masaje.

–¿Qué hacéis? –pregunté riéndome.

–Nada, nada, tú descansa –dijo Ramón.

Me dieron la vuelta. No opuse ninguna resistencia. Me sentía como flotando sobre plumas. Noté un roce en mis tetas y el aliento cálido de Ramón y sus labios, pagados a los míos en un beso ardiente. Entreabría la boca y su lengua ávida penetró entre mis dientes y buscó la mía.

La suerte estaba echada.

Yo le dejé hacer. Roberto, que no había pronunciado palabra, me bajó desabrocho delicadamente el pantalón y me lo fue quitando, tirando de las perneras.

Levanté un poco el culo, para que saliera más fácilmente.

Y mientras, la lengua de Ramón se entrelazaba con la mía. Sus dedos jugaban con mis pezones.

Me estaba portando como una putilla, pero no dije ni mus, cuando noté que Roberto metía sus dedos bajo mis braguitas, recorría mi pubis y acariciaba suavemente el clítoris.

Me estaba mojando y me gustaba.

Ramón tomó una de mis manos y, al mismo tiempo que me besaba apasionadamente, la llevó hasta su entrepierna.

Sentí la dureza de una buena polla bajo la ropa y supe que aquella era mi noche. Le desabotoné el pantalón y deslicé mi mano sobre su vientre velludo, hasta llegar a su verga. La aferré fuete y se la saqué a pasear.

Roberto, a la chita callando, ya me estaba comiendo el coño. Y lo hacía bien. Me abría la almejita con los dedos, lamía un poquito, me metía la punta de la lengua y me daba pellizquitos en las nalgas.

Tiré de la verga de Ramón y me la llevé a la boca. Yo, golosa y abandonada, me puse a lamérselo disfrutando como una colegiala con un caramelito.

Roberto, que ya se había hartado de comer coño, me dio unos azotes cariñosos en las nalgas.

- Ponte a gatas – nena…

Así me encontré a cuatro patas, en mi boca la lanza hermosa de Ramón y mi culo en pompa. Roberto, desnudo ya, puso la punta de su cipote en la rajita húmeda de mi coño y preguntó:

- ¿Te gusta, putilla?… ¿Quieres que te la meta?…

Asentí moviendo la cabeza. Es de muy mala educación hablar con la boca llena y el pollón de Ramón estaba entre mis labios.

El bueno de Roberto jugueteaba con su cimbel. Me lo pasaba por la rajita, lo apoyaba en el agujero del culo, metía el capullo en el coño, lo sacaba y mientras, mis tetas se balanceaban sobre la fina sábana de algodón.

- – Chupa, chupa, preciosa -decía Ramón,

Yo, como una perra a cuatro patas, movía la cabeza al compás, mientras mis nalgas recibían el impacto de las pelotas de Roberto, que me follaba por atrás.

Me vino a la mente la imagen de mi marido, que estaría trabajando, y le deseé una fructífera jornada. La mía estaba siendo de campeonato.

Mis recuerdos de esa noche de pasión con Ramón y Roberto son fragmentarios. No sé exactamente todo lo que ocurrió, pero sí tengo en la memoria escenas muy nítidas, como fotografías instantáneas, sin saber exactamente en qué momento sucedió qué.

Así, sé que en un momento me habían sentado en el borde de la cama y puesto ambos de pie, delante de mí, y que, generosos, me daban sus pollas para que las chupase, lo hacía con placer. Alternativamente primero, y, luego, tratando de meterme los dos cipotes a la vez, pero no me cabían, así que mamaba uno y pajeaba el otro.

Como se me corrieron en la boca, los dos cerdos, recuerdo muy bien a que sabía el semen y que me pellizcaban los pezones y decían.

–¡Trágatela, cochina! ¡Trágatela!

Y yo tragaba, lamía, limpiaba y me ofrecía.

Se que me follaron a lo clásico: yo echada sobre la cama con las piernas abiertas, mostrándole mi coño al mundo y ellos, penetrándome por turnos.

Mis tetas, mojadas en sudor. Sus manos ávidas, estrujando mis pezones. Sé también que, en algún momento, me hicieron arrodillar delante de la cama y poner mi cara y los brazos sobre el lecho y que uno de ellos se puso detrás, también como un perrito, a lamerme el coño y la raja del culo.

Me echaron saliva en el agujerito y Roberto, sin pedir permiso, luego de restregar bien su cipote, me puso su glande en el ano y, suavemente comenzó a empujar, mientras Ramón me acariciaba las tetas.

Sentí un dolor indescriptible al comienzo, pero supe también que mi esfínter estaba abriéndose y devorando aquel cilindro maravilloso.

Roberto casi ni se movía, sino que dejaba que yo hiciera todo. Cuando su polla estuvo completamente en mi culito, comenzó a deslizarse tiernamente, mientras Ramón se las arreglaba para besar mi boca entreabierta.

Fue un placer que no se puede describir. Sentir todo aquel cipote en mi trasero, sus brazos musculosos rodeando mis caderas y apoderándose de mis caderas, mientras la lengua de Ramón exploraba mi boca.

Luego de una eternidad, los movimientos de Roberto comenzaron a hacerse más rápidos y violentos y se escuchaba el golpear de sus cojones contra mis pubis, hasta que una explosión de semen hirviendo inundó mi culo y yo supe que era suya.

Más tarde, cuando ya tranquilo, comenzó a sacarme aquello, tuve que aferrarme a la sábana y seguí así, entregada, cuando Ramón se situó a mi retaguardia y me la encalomó también por el culo, repitiendo el rito.

Sé que, luego, ambos se echaron a mi lado, en la cama, exhaustos y que, con caricias mil, me hicieron comprender que, ahora, yo tenía que hacer el milagro de la resurrección de sus penes.

Se los lamí largo tiempo, a ambos, mis amantes, yendo de un pene al otro alternativamente. Sus cimbeles eran diferentes, de lo cual sólo ahora tomaba conciencia.

El de Roberto era más largo y curvo, con un capullo en punta, como hecho para desflorar culitos. Ramón lo tenía más grueso y con un capullo redondo y hermoso como una manzana en primavera. Pero ambos se volvieron a erguir gracias a mis esfuerzos bucales.

Y seguí chupando como una loca, hasta que ambos reventaron en una verdadera ducha ardiente que me cubrió toda, cara, boca, tetas y piernas.

Pasada esta erupción suprema, procedí a lamerles hasta dejarlos limpios y tibios, como dos bebés recién nacidos. –

Luego, me quedé dormida.

Al día siguiente, me desperté poco a poco y me vi sola en la habitación. Estaba desnuda, aunque cubierta con una manta. Me senté en la cama y en ese momento entraron Ramón y Roberto, ya vestidos y arreglados, con una bandeja en las manos.

Traían café, panecillos, mermelada y mantequilla para mi desayuno. La pusieron silenciosos sobre la cama, y sentí que era su ofrenda para mí.

En sus ojos brotaba una pregunta: “¿Nos perdonas?… ¿seguimos siendo amigos?”

Evidentemente, eran presa ahora de remordimientos. Cualquiera diría que me habían embriagado primero, para luego violarme a placer, aprovechándose de la situación.

A mí, la mujer de su entrañable amigo. Temían seguramente mi reacción. Sólo que había una diferencia substancial: yo había disfrutado de esa noche de sexo tanto o quizá más que ellos…

- Chicos -les dije sonriendo complacida- muchas gracias por este desayuno y…por el gustazo que me habéis dado esta noche… ¿nos guardamos el secreto?… –

Ellos asintieron suspirando tranquilizados y, desde entonces, seguimos siendo amigos y nunca más hemos mencionado esa fiesta deliciosa, que siempre recordaré con placer.


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2 Respuestas en “A Follar que se acaba el Mundo”

  1. Por Doug - Dic 9, 2007 | Responder

    la verdad es q sos una puta de mierda, si tanto t gusta coger, dos opciones tienes, una suplir tus deseos con tu marido, y la otra no tenerlo y ser del q quieras q t pize ramera de quinta

  2. Por MuerdeCulos - Dic 10, 2007 | Responder

    jejeje, no te sulfures hombre… es solo un relato erotico ;)

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