Hace seis meses que me pasó y aún sigo haciéndome agarrándome el coño y haciéndome pajas cada vez que lo recuerdo. Estábamos invitados a una fiesta, que daban unos amigos de la facultad. Era en la casa de Roberto y Ramón. Los dos eran de fuera y compartían un piso enorme, en una urbanización, muy lejos del centro.
La noche del sarao, le toco guardia en el Hospital a mi marido, que está haciendo prácticas, y tuve que ir sola.
Cuando llegué, la fiesta estaba en su apogeo y, como de costumbre, me puse a bailar con todos, en medio de gran algarabía. Lo pasé muy bien y cuando quise darme cuenta, era tardísimo y sólo quedábamos allí los anfitriones y yo. Nos sentamos en la sala a beber una última copa, la de la despedida.
Fue entonces, cuando Roberto, que es muy serio y siempre ha ejercido como una especie de hermano mayor de la pandilla, me hizo notar que había pimplado bastante y que quizá no fuera prudente coger el coche y conducir de vuelta a Madrid.
–Los fines de semana, Guardia Civil monta controles de alcoholemia y corres el riesgo de que te multen y te quiten la mitad de los puntos.
–No creo –respondí muy chula.
- Mejor te quedas. Puedes dormir en mi cuarto y yo me acuesto aquí en el salón o en la cama de sobra que hay en el dormitorio de Ramón.
–No se…
–Venga, quédate – intervino Ramón, que siempre sonreí y tiene fama de ligón.
La idea no era mala: no tenía sentido darme prisa en volver a casa, porque mi marido trabajaba hasta el mediodía del día siguiente.
(Leer mas..)